¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.



Netzahualcóyotl de Texcoco


Hacia el olvido






Después llegó el día, al completo,
dispuse lo necesario encima de la mesa
sin dejar aparte nada inservible,
ni aquella magnitud de huesos en el paraíso.
Todo lo tengo improvisado, pero no por eso
deja de darme dolor de sombra la posición
fetal de esta luz delgada y cadente
que aparenta no mirarme desde su esquina pulcra
mientras acentúo mementos en la ribera
de mis propias hondonadas.
Al frente un manojo de flores
me tienta con sus espinas y belleza,
sin estirar la mano sé que me duele resistirme,
me duele saber que duele aunque no toque
y sienta en la garganta el beso de su herida.
En el vaso el sudor de la palabra,
la noche y su borrachera me traen a la boca
el sorbo agridulce del rocío
aletargado en el umbral de la cordura,
y bebo y como de las nieblas del tiempo,
cautivada y ambigua, con mi sed al atisbo
de tu voz en el hoyo de mi víscera.
Es temprano para pensar y levantarme de la silla,
ceder al trance de quitar el mantel
con la comida caliente en el plato,
y la carne aún en el verbo
esperando un límite tridimensional
para deshacerse en tu existencia.
En el fondo la mañana y su espejo,
la piel se evade hacia el olvido.



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