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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco




28 de abril de 2014



No hay otro daño ni más daño
que este de poder flotar por encima
de mi boca, de este daño que se muere
con su carne en tierra y no enterrado
que me busca la necesidad de la tormenta
y hace de mí una fracción de segundo
aparecida en cualquier tiempo de espejos.
No hay otro menos daño que la ruta
directamente encajada entre los ojos,
sabes que tienes que seguirla y tu cuerpo
responde con pequeños pasos de mujer
que camina sobre zancos de tres metros de altura
mirando hacia atrás y hacia adelante
los alrededores de las palabras
que se caen en el lecho que todavía
me mantiene dentro de mi lengua.
No hay más daño que este daño
que me enseña iras y rabias, tristeza
y dulzura, melancolías en la quinta fase
cuando la cabeza simplemente se rompe
y deja al descubierto las conexiones nerviosas
de los desarreglos neuronales;
me enseña a crear nuevos mapas en las manos,
atlas de amor y lluvia
que se sostienen en el aire
como borrascas recién nacidas
en el más allá de mis labios grises y terrosos.
No hay otro cadáver que huela tan mal
como huele el de este mal rancio y harapiento,
mal daño de huesos sin uñas y dedos fríos
escarbando a medianoche entre desechos y sobras
sobrantes del día del humo sin hoguera.
No hay otro más imperecedero que este daño
en su placenta de oro al atravesar mi útero
y recorrer el pasillo donde la rosa sangra
por sus estambres su savia infecunda.





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