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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco




6 de mayo de 2014

Las noches estrelladas



Eran las noches estrelladas recursos
para mirar hacia arriba y respirar el ozono
de las tormentas en los labios.
Lo eran, lo son, un perfecto trámite
para decir pluscuamperfecto
y que los futuros se rían de los pájaros
y de sus nidos anuales, de lo metafórico
que escribe la mano ejecutando un compás
de seis por ocho y a la misma hora
un crimen a sangre fría.
Es la tiniebla un tren hacia el suburbio
sin maquinista y atestado de pies inmóviles
que marchan hacia sus costuras
con los dedos llenos de pólvora
creyéndose vacíos en las estribaciones
de las escaleras que ni bajan ni suben
pero se acuestan en ti y te mantienen en vilo.
Es la noche la metamorfosis,
un espécimen de palabra, animal y objeto,
cosa de enésimos pies que te mira y te quiere
y acaba saliendo por tu lengua
con formas dispares de ruido o
ruido de balas, o ruido de flores
deshojándose en una isla
en medio de los muslos.
Eran las noches estrelladas las soluciones
a las sumas, a las restas, a todas
las operaciones matemáticas de la piel
abandonada a los circunflejos de lo más oculto
en el sexo de la boca, privilegio de luz reprimida
con su facultad para crear ingenios, artilugios
servidores de la bruma y de la garganta
al nombrar una por una las vocales
que se devoran a sabiendas
después de masticarlas
como mastica un poema un muerto.
Son las noches la mutación de la luz
a una luz distinta, otra forma de tiempo
sin tiempo ni camino transitable,
territorio de demencia, masturbación y lujuria.
Eran las noches estrelladas, lo son,
un viaje a ningún sitio,
el éxodo del labio a lo profundo del adentro
y su frontera más indefinida.












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