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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco




4 de junio de 2014

Jardín de cipreses



No sé quién soy y me remito a la pregunta que ciertamente me hago sin respuesta.
Pero puedo hacer otras, preguntar, por ejemplo, por qué se quedó vacío el aire después de respirarlo, o por qué nadie consigue ser un pez por mucho que se empeñe en tener branquias.

Estoy leyendo mis preguntas, también leo a Alejandra y me dice Yo lloro debajo de mi nombre y quiero hablar con ella, llorarla y llorarme, deshacernos las dos en un verso intacto, pero no está o no estoy y nos han traído al jardín donde se alzan desesperados los cipreses.

Y la noche se encasquilla en la lengua, o se me desangra a punto de hervir el líquido que se pasea entre la piel y el nombre que le doy a cada ángel en esta hora de monólogo intrauterino. Se diría que hay vientres y gestos que la niebla recuerda, ombligos de memoria que el silencio no logra olvidar.
Se diría que todo es negro y tiembla.

Ahora que nadie me mira practico vuelo sin motor, parece que todos me saben sentada tranquilamente frente a un fuego dormido. Dormiría más si el tiempo me dejara y los poemas no fuesen relámpagos en mi cabeza. Tanto verso a medias, basura acumulada en la tinta, tanto polvo para al final no decir nada o decir dos tonterías.
Mujer, niégate, no escribas, me digo, y sé que me lo digo con conocimiento de causa, que no es por casualidad que maldiga/ame incluso a dios por dejarme escribir poemas, o esa cosa que se lee con la lengua en voz baja o casi sin entenderlo y que acaba dejándote la boca hecha unos zorros.
Lo que debes haces es seguir con las preguntas y no desviar la atención hacia los rabillos, les da por pensar en los golpes que da la ventana sin nombrarte y cada dos golpes miras por si se ha roto el cristal y ha vuelto a entrar el invierno con su corriente intraducible de agua tibia.
Lo que debes hacer es adelantar la caída de la hoja; deshacerte de algunos pétalos no tiene por qué ser sinónimo de ponerse a llorar. Si te invade la nostalgia puedes acordarte de los árboles perennes o de aquella vez que el mar invadió tu cuerpo, pero eso es mejor dejarlo para la nocturnidad y la alevosía, para matar no, para matarlo necesitas lo que tienes, y lo tienes y no lo tienes, como si durmiera al fondo de un pasillo de ti.
Tan lejos.

Otras preguntas me sigo haciendo, y me persigo sin encontrarme.
También lloro en el agua, debajo de mi nombre.

Mujer, no escribas, deja el verso para los poetas, ellos entienden de poesía y no eluden la palabra, no hagas de tu sangre cebollas ni Cisne en sueños sobre Leda*.
Mujer, no escondas en tu vientre poesía, deja que te acorralen la ausencia y el vacío.




Texto en cursiva: verso de Alejandra Pizarnik, La jaula (Las aventuras perdidas, 1958)
* Paul Eluard





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