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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco




1 de junio de 2015

Nuestras espaldas son la lluvia



Te refugias en el faro, después de tanto tiempo conoces las mareas.
Has hecho fotografías al agua, la tienes junto a ti y te navega desde lo hondo.
Pero tú estás ahí, y callas, y yo respondo haciendo hablar a las piedras.
El aire transforma las olas en salitre.

De cualquier manera que escuche el mar es otra cosa distinta, sus negativos no tienen memoria si no los pones a remojo y a sudar como pequeños hombrecitos, o como grandes pájaros.
Las larvas que se están llevando la arena no saben distinguir la seca de la húmeda, lo mismo les da exponerse al sueño del reflujo que estarse durante horas al sol; cuando llegue la noche ascenderán por el hueco hasta llegar al otro lado de la duna.

En el otro lado no hay nada, la intermitencia nunca regresa a tiempo, es un paréntesis lleno de salpicaduras, se esparce como si tuviera cuerpo, como si el cuerpo se tradujera y naciera de él una playa.
Hemos mirado desde lejos y cada ojo desconocido nos mira tarareando una canción de luz, su estrabismo es el hogar de todas las algas que un día nos reconocieron.
Nuestras espaldas son la lluvia que arrecia en las noches de invierno, tras los cristales el océano las golpea y las rompe.





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