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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco




11 de mayo de 2016

Sólo nombrar los paisajes


Que debería no hacerlo,
lo sé,
ni tampoco comprobar
que las palabras tienen su vida aparte,
que si te tocan debes decir, ahora sí,
estoy perdida y la plancha te recuerda
que dejaste a medio cocer los garbanzos
y el viento no cesa de soplar
sobre los negativos de antaño, a los
que no renuncias a pensar ni debajo del agua
o por encima de los relojes.

Que no debería, no,
lo tengo claro, ni desordenarme
como me desordeno la cabeza
o desear en la lengua todas las sílabas,
todas las intemperies de los verbos.

Debería saber qué día es hoy
y no tener que mirar el calendario
o guiarme por el caminito de hormigas
que va desde mi ombligo
a la corriente de la urgencia
-esta de mantenerme a salvo
detrás del origen del humo.

Debería, mucho mejor,
dedicarme al origami,
hacer y hacer pajaritas o pájaros
y consentir que griten en sus jaulas
de papel muerto, sin vida,
que hagan como que están vivos
pero que nunca entren a la boca
porque se harían daño
y al llegar la noche
hay bestias
y adverbios
que no renuncian
a la sangre.

No debería, no debería
no,
hacer del aliento una escritura vertical
que baje y baje hasta que se hunda
en ella y rodee las exclamaciones
de admiración del líquido
sujeto a la pendiente.
Ahí la cúspide de la palabra
es un secreto y se despliega
hacia lo íntimo.

No debería asomarme
ni salir de adentro
sólo sentir los pájaros
la jaula y su gerundio.
Sólo nombrar los paisajes.






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